Hay momento en la tele que
enganchan y que no se te olvidan. Echo mano de los recuerdos para acordarme de
la agonía de Omayra, la niña del volcán colombiano del Nevado del Ruiz del año
1985, la tragedia del estadio Heysel de Bruselas del mismo año o, más recientes, el incendio de la torre
Windsor, Mayra Gómez Kemp anunciado que tiene un cáncer o Amparo Muñoz en una
de sus últimas imágenes.
Sobrecogía ver cómo se mostraba
débil, con poco que ver con su pasado. Fragilidad es lo que transmitía. Para mí
fue un pequeño shock. Cuando era niño me sonaba su nombre como mujer asociada a
las drogas,
incluso a los rumores de estar terminal de SIDA.
Más tarde me deslumbró en Familia de
Fernando León de Aranoa y en Fotos de
Elio Quiroga y poco después volvió a desaparecer, salvo intervenciones en
algunos programas del corazón.
Al saber tan poco de ella he
devorado su libro de memorias La vida es
el precio, para ver cómo exponía su vida. Editadas en 2005, transmite en
ellas una imagen serena, más o menos feliz consigo misma y soltando lastres del
pasado.
